Zarek

23 he/him 03/05/????
fc: nicholas &team

loves biología, juegos de cartas, música
bisexual con preferencia en mujeres
vive en una casita en Celveris
hates los caramelos, el alcohol
trabaja como profesor de biología
poder 1 garra afilada (forma demonio)
poder 2 esconder su forma de demonio
poder 3 teletransporte
debilidad 1 rechazo por ser híbrido
debilidad 2 el alcohol saca su lado demonio
debilidad 3 la nieve quema su piel

Los rumores en Celveris siempre viajaban más rápido que el viento que descendía de las montañas. Desde hacía semanas, en las tabernas iluminadas por faroles de aceite y en los puestos del mercado, se susurraba lo mismo: en la vieja casa del inventor más antiguo —y más polémico— de la ciudad vivía ahora un muchacho que nadie había visto llegar.La casa pertenecía a Edmund, un hombre tan brillante como temido, famoso por sus teorías imposibles y sus experimentos que desafiaban los límites de la ética. Algunos decían que había logrado crear vida a partir de chatarra y relámpagos; otros aseguraban que conversaba con latas a las que pegaba ojos de pegatina. Lo cierto era que, una mañana, simplemente apareció un chico de ojos oscuros y gesto serio viviendo bajo su techo.Y nadie sabía de dónde había salido.Aquel muchacho era Zarek.Zarek no tenía recuerdos de su infancia. Su memoria comenzaba como una página arrancada bruscamente de un libro: a los ocho años, en medio de un bosque húmedo y cubierto por neblina, con el frío calándole los huesos y el olor a tierra mojada envolviéndolo todo. Recordaba la sensación de estar tumbado sobre hojas secas. Recordaba el crujir de unas botas acercándose. Y, sobre todo, recordaba una voz.—¡Por fin despiertas!Aquellas palabras fueron el inicio de su mundo.Cuando abrió los ojos, vio el rostro de un hombre de cabellos blancos y mirada aguda, inclinándose sobre él con una mezcla de fascinación y alivio. No había miedo en sus pupilas, sino curiosidad. Una curiosidad intensa, casi científica.—Interesante… —murmuró el hombre, como si Zarek fuera un acertijo recién descubierto.No hubo preguntas sobre padres ni sobre origen. Porque Zarek no tenía respuestas. No sabía su apellido, no sabía su edad exacta, no sabía por qué estaba solo en aquel bosque. Era como si antes de aquel instante no hubiese existido.Edmund lo llevó a Celveris.Al principio, la ciudad le pareció un laberinto de piedra y humo. Las torres del distrito alto proyectaban sombras largas sobre las callejuelas, y las chimeneas exhalaban vapor y misterio. La casa del científico se alzaba apartada del bullicio, repleta de artefactos imposibles: frascos burbujeantes, planos inacabados, esqueletos de criaturas que nadie sabía nombrar.Cuando ningún celverita supo decir quién era el niño ni reconocer su rostro, Edmund tomó una decisión tan práctica como inesperada: lo adoptó.Le dio un techo.
Le dio un apellido.
Le dio un lugar en el mundo.
Zarek nunca lo llamó “papá”. La palabra se le quedaba atascada en la garganta, como si perteneciera a otra vida que no recordaba. Pero tampoco hizo falta. Edmund jamás lo exigió. Entre ellos no hubo abrazos torpes ni discursos sentimentales, pero sí largas noches compartidas frente a una mesa de trabajo, rodeados de libros y disecciones.Fue allí donde Zarek descubrió la biología.Mientras otros jóvenes de su edad soñaban con aventuras o riquezas, él se fascinaba con la perfección de un sistema nervioso, con la simetría de un ala, con el misterio escondido en cada célula. Edmund le enseñó a observar antes de juzgar, a preguntar antes de afirmar. Le enseñó que la vida era un mecanismo delicado… y también una anomalía maravillosa.Con los años, Zarek creció alto y silencioso, con una mente afilada y una mirada que parecía analizarlo todo. Estudió con dedicación, decidido a demostrar que la ciencia no era locura, sino comprensión. Que el conocimiento podía iluminar incluso los rincones más oscuros.Pero el pasado —aunque olvidado— nunca desaparece del todo.Una tarde gris, regresaba a casa con varias bolsas de provisiones en los brazos. El viento arrastraba hojas secas por la calle y el cielo amenazaba tormenta. Pensaba en un nuevo estudio sobre mutaciones celulares que quería comentar con Edmund.Al abrir la puerta, lo primero que notó fue el silencio.No el silencio habitual de concentración, sino uno denso. Inquietante.—¿Edmund? —llamó.Nada.Las bolsas cayeron al suelo, desparramando manzanas y frascos de vidrio que rodaron por el pasillo. El laboratorio estaba intacto. Los papeles en su sitio. Los instrumentos alineados con la precisión obsesiva del científico.Pero él no estaba.Los días siguientes se convirtieron en una pesadilla. Zarek recorrió cada rincón de Celveris, preguntó en los talleres, en la universidad, incluso en los barrios bajos donde Edmund era mirado con recelo. Nadie lo había visto salir. Nadie sabía nada.Hasta que encontró la nota.Estaba escondida dentro de un libro de anatomía avanzada, como si hubiera sabido exactamente dónde buscaría. La letra era firme, inconfundible.Zarek leyó una vez.
Y luego otra.
Las palabras se clavaron en su pecho.Edmund confesaba la verdad que había ocultado durante años. El día que lo encontró en el bosque no fue casualidad. Lo había estado buscando. Porque Zarek no era solamente humano.En su interior latía algo más.Un gen antiguo.
Un gen demoniaco.
Heredado de su verdadero padre.El papel tembló entre sus manos. Sintió cómo el mundo que había construido se resquebrajaba. ¿Qué significaba eso? ¿Era un experimento? ¿Una amenaza? ¿Una aberración?Recordó miradas esquivas en la ciudad. Susurros que se apagaban cuando él pasaba. La sensación constante de no encajar del todo.Quizá no era imaginación.Quizá, en lo más profundo de su sangre, dormía algo que aún no comprendía.Zarek levantó la vista, con los ojos ardiendo no de lágrimas, sino de determinación. Si algo había aprendido de Edmund era que el miedo no se combate huyendo, sino investigando.Si llevaba un demonio en su interior…Lo estudiaría.Lo entendería.Y descubriría por qué su vida comenzó en un bosque, bajo la niebla, con un hombre de cabello blanco pronunciando las primeras palabras que marcarían su existencia.Porque si su pasado era un misterio, no pensaba dejar que su futuro también lo fuera.